
Decía Neruda esto, que se cansaba de ser hombre...hoy he entendido qué quería decir.
Me pasa con Neruda, o con César Vallejo o con cualquier otro poeta que he leído y en principio no he comprendido muy bien, que, de pronto, un día desayunando, por ejemplo, te viene uno de sus versos a la cabeza y lo ves tan claro, lo entiendes tan bien todo...O en una conversación ¡zas! aparece un endecasílabo, o un verso libre y sintetiza justo lo que querías decir.
Poco antes de las 9 e la noche, camino de la estación, una multitud anónima marchita, impenetrable se precipitaba azarosa por las aceras. Pero aquello no tenía nada de manifestación, era un acto absolutamente pasivo, servil casi. La gente cerraba sus oficinas, era vomitada por edificios enormes y parecía dejarse llevar por la corriente humana que pretendía desembocar en la estación de trenes, era como un acto de sumisión. Como alguien dijo por ahí, podría decirse que no éramos personas, éramos simplemente, gente, una colectividad absolutamente anónima. Criaturas subterráneas que no ven la luz del sol, que salen cuando aún no ha amanecido y vuelven a casa cuando oscurece. No quiero continuar de raíz y de tumba.
Yo iba dentro de esa multitud que no se manifestaba y no era menos anónima que cualquiera de ellos. Aquella lenta procesión tenía algo de desfile fúnebre, era muy triste, todos caminábamos cansados, deseosos de llegar a casa y ducharnos y ponernos el pijama y quitarnos ese unifome civil que nos ponemos para salir a la calle. Tirarnos en el sofá, en la cama y tener un descanso de piedras o de lana. Éramos sombras, éramos lentas lágrimas sucias.
Mientras esperaba en el banco de la estación (habría que agradecer a Renfe sus retrasos diarios: ha creado tal número de lectores y melómanos que yo hablaría de la existencia de una conspiración entre las empresas editoriales y discográficas y Renfe) pensé en este verso de Neruda. Observaba a una mujer gitana no mucho mayor que yo cargada de hijos, dándole vueltas a un receta médica hasta que comprendí que no sabía leer. No quiero para mí tantas desgracias.
Miré a un anciano que intentaba subirse a un cercanías mientras una multitud ajena se abalanzaba con ese último rescoldo de brío que queda a las 9 de la tarde cuando se regresa a casa tras una agotadora jornada de trabajo. Sucede que me canso de mis pies y de mis uñas.
Un señor orondo con cara de Ronald McDonalds gritaba a mi lado por teléfono, se notaba que era un señor con autoridad, se notaba que al otro lado de la línea algún secretario o subalterno debía alargar un rato más su jornada laboral. Mientras gritaba, su papada de cheesburger se agitaba y una vena obstruida de royal deluxe se le marcaba en su frente de payaso. Sería delicioso asustar a un notario con un lirio cortado.
Sentía mi cara de cansada, de cárcel, comparable a la de todos los que me acompañaban en ese último vagón del último tren del día y me sentía absolutamente vulnerable. Algunos se habían quedado dormidos y casi nada se escuchaba. Algunos leían periódicos de la mañana que parecían prematuramente viejos. Los mismos, los de siempre aparecían en primera plana hay espejos que debieran haber llorado de vergüenza y espanto.
El revisor pasó lento, como arrastrándose y todos hacíamos el mismo movimientos mecánico para mostrar nuestro billete. Todo aquello era una tremenda pesadilla, entonces comprendí qué quería decir Neruda... Sucede que me canso de ser hombre.

